jueves, 11 de octubre de 2012

Calella Challenge 2012

La verdad es que después de leer a Isaac y lo que ha puesto de esta mujer, casí no me atrevo. Madrid corre por Madrid, la proxima esperadme para la foto. Y aquí va el rollo crónica, ideal si padeceís insomnio si queréis solo la carrera el último apartado. ;-))






Desde mi Atalaya y con Perspectiva
Los previos de un Triatlón distancia Ironman

Ha pasado casi una semana desde que hice un sueño realidad. Acometí lo que siempre me había parecido un imposible, participar en un Triatlón distancia Ironman y terminarlo. Fue en la Challenge de Calella y lo he conseguido. Desde poco después del momento de entrar en la meta he tenido ganas de sentarme a escribir la crónica. Han surgido cientos de ideas, de cosas que quería contar. Hoy en una pequeña ciudad cercana a la costa del mediterráneo, Alcoi encuentro el momento de sentarme y escribir.

A principios de año empezó a forjarse la idea de ir a Elche a participar en el Medio Ironman con Buesa, me lo planteé con algo más cercano al miedo que al respeto. Varias veces estuve a punto de echarme atrás, incluso a tres semanas de la prueba y estando inscrito tuve serios problemas físicos que me llevaron a solicitar la devolución de la inscripción. Finalmente fui y acabé. Cierto es que no me resultó fácil, pero acabé. Nada más acabar me dije que tendría que intentar el “máximo” reto. Distancia Ironman. Así poco a poco, empecé a subir el volumen de entreno y a planificar Calella. Nunca, ni siquiera ahora, tuve certeza de que podría hacerlo, más que eso era miedo, auténtico miedo a estar embarcándome en algo que me superaba. Pero quizá era el momento, acabo de superar los 50, la mitad de mi vida decía bromeando, y me puse a ello.

Buesa, con la experiencia que da el haberlo acometido y conseguido, decía que lo duro no era hacerlo, sino prepararlo. Gran verdad, el valor es ponerse a prepararlo, las sesiones interminables de bici, los largos y largos de piscina de 25 metros, calzarse las zapatillas para correr después de unas horas en la bici. Yo seguía con ello. Aumentando el volumen de trabajo paulatinamente, adaptando un plan de entrenamiento que saqué de una guía de la revista Triatlón. (La revista casualmente nos la regalaron en la bolsa del corredor de Elche). Descubrí por el camino que debía dejar de lado el karate durante un tiempo, era demasiado para el cuerpo. Lo mejor de todo es que a mi alrededor daba la sensación de que todo el mundo tenía más confianza que yo en mis propias posibilidades.

Has sido un camino jalonado de obstáculos más o menos grandes, lesiones, sobrecargas, problemas personales. Sin embargo más que suponer una carga, el duro entrenamiento me servía una vez más de válvula de escape, de terapia. Cierto es que no me he cuidado como cuando preparaba los maratones “en serio”. Me he ido de juerga siempre que he podido, la cerveza y los Gin Tonics han sido parte fundamental de la bebidas de recuperación e incluso a veces pre competición, ¿verdad Dani/Uxio?. Costaba salir a hacer horas y horas de bicicleta sólo, pero salía y siempre volvía mejor anímicamente de lo que me había ido. Mi  preparación para la prueba no ha coincidido con la de mis compañeros de fatigas, aunque en alguna ocasión si he podido disfrutar de su compañía.

El verano sirvió para nadar en el mar hasta parecer una sardina, días en lo que salía a nadar en la playa de San Juan (Alicante) en dirección a El Campello con bandera verde y al volver se me hacía eterno y el oleaje me mareaba, había cambiado a bandera amarilla. Encontré rutas para hacer bici duras, pero preciosas. Había que evitar las carreteras de la costa, ya que eran muy peligrosas, solo quedaba  ir hacía el interior lo que siempre significaba fuertes pendientes. Debía madrugar más que si fuese a trabajar y volvía cuando el resto de la familia se levantaba. Correr a la una del mediodía con mucho calor y humedad para acostumbrar el cuerpo al calor. Luego se vería que no hubiese hecho falta.
Mucho entrenamiento y en mitad de las vacaciones la hernia dijo basta, y más de una semana sin casi poderme mover. Se volvía a alejar la posibilidad de ir. Durante todo el tiempo decía que iba a Calella, eso sí, con la boca pequeña, no sé si se notaba. Baste demuestra sobre la confianza que tenía, que no hice la inscripción hasta tres días antes de cerrarse a mediados de Septiembre.

Volví al entrenamiento, me preocupaba sobremanera no llegar a las transiciones antes de los tiempos de corte. El agua por lo que hacía en la piscina y lo que había hecho en Alicante era “alcanzable” pero la bici era otro cantar. No conseguía medias superiores a los 27 Km/hora  y eso en distancias de entre 50 a 90 Kilómetros.  Eso me hacía sospechar que cuando acometiera los 180 seguramente tendría que ir más despacio y podía no llegar a tiempo al corte de la bici. Era casi obsesivo, el Excel echaba humo. Justo cuando era el día de tirada más larga que proponía el plan de entrenamiento, tuvimos que viajar a Alcoi. Alcoí es una ciudad donde sólo hay dos posibilidades, subes o bajas. Para salir de casa de Carmen, mi mujer, solo se puede subir. Cuando salí a hacer la tirada de seis horas los primeros 10 kilómetros eran de subida o de subida, el porcentaje medio es del 7%. Conseguí hacer una tirada de cinco horas y medía. El resultado un punto más para mi obsesión, solo 110 Kilómetros. Con esos mimbres lo cálculos decían que no pasaría el corte. Cierto es que Calella es bastante “llano” y ese día había subido tres puertos, pero el coco es el coco.

Me decía una y otra vez, que nunca había abandonado una prueba y que no quería que esta fuese la primera vez, pero peor aún era imaginar que yo no abandonaba sino que no me dejaban acabar por no pasar el tiempo de corte. Ahora sé que realmente era MIEDO.

En todo este tiempo no había hecho ningún Tri más. A mediados de Agosto nos fuimos a Allariz, era distancia sprint, por tanto tenía que estar chupado. Del agua salí entre los 15 primeros de mi tanda, (luego vi que de todos los tiempos salí el 30), pero entre la bici y la carrera conseguí bajar hasta el 105. En la bici, lo volví a hacer, no tomé nada y apreté más de lo que debía (aún así no pase de los 27 km/h de media. La carrera fue un duro deambular a casi 6 minutos el kilómetro. Conclusión, si en un sprint voy así, ¿Cómo voy a intentar un Ironman?


El destino tenía un nuevo as en la manga, al volver de Allariz Carmen se cae de la bici y se rompe el codo, la deben operar y no puede hacer nada. Diez días sin entrenar y la perspectiva de no poder dejarla sola y tener muchas más cosas que hacer en casa. Decidí abandonar la tentativa para mejor ocasión. No era viable, faltando tan poco, tantos días sin entrenar, sin el apoyo logístico para Calella…

Sin embargo en casa, no cejaban, pensaban que podíamos hacerlo, se había convertido en una meta de todos, tengo suerte. Sandra (mi hija mayor) dijo que ella vendría a Calella. Los otros dos, Bea y Jorge, se pusieron también las pilas y entre todos y la fuerza de Carmen seguimos adelante. Solo faltaba yo.

Buesa nos pasó el libro de la “Paleodieta”, de él he extraído cosas realmente interesantes aunque no he seguido la dieta. Aunque lo mejor con diferencia fue la idea de las bebidas de recuperación de las que da una formula en una tabla del libro. Tomando como base esa fórmula y añadiendo algún elemento adicional como la Glutamina y otros BCAA’s he desarrollado mi base de recuperación y alimentación para los Tris. La probé con éxito en Elche (lo que ingería a lo largo de la prueba fueron tres bidones y medio del preparado y un plátano).

Con esta base y habiendo probado los geles y barritas de Nutrisport que serían los que la organización proporcionaría en la prueba, había confeccionado mi “plan” de alimentación para la prueba.

Hay una canción de una tal Diego Torres, se llama “Color Esperanza”, es verdad que es un poco moña, pero me gusta y en una estrofa dice nooooooo“que es mejor perder que nunca intentar”. Solo Dios sabe cuántas veces me he repetido esa frase en el último mes y medio. Finalmente me inscribí y reservé hotel. Alea Jacta est.

Quedaban dos semanas para emprender la aventura, la ansiedad era grande y empecé a buscar por la web “consejos” para acabar un Ironman. Descubrí a través de un Blog la existencia de un grupo en Facebook, “Cualquiera puede Hacerlo”. Un grupo cerrado de gente que hace cosas especiales (como un Ironman) y que considera que no es nada excepcional. A pesar de mi poca inclinación a las redes sociales, pedí entrar a formar parte del grupo. En este grupo hay un “CABALLERO”, llamado Ramón García López, que parecía tener bastante experiencia, es más, después de su primera respuesta estoy seguro que cuenta con una cabeza muy, pero que muy bien amueblada. Nunca estaré suficientemente agradecido no solo a sus sugerencias/consejos, sino al hecho de hacerme ver que mi plan de alimentación era absolutamente inadecuado.

Investigué más, y tras sacar una media de los gastos calóricos del último mes en las tres disciplinas (Garmin Center bendito), obtuve un valor para cada una de ellas por kilometro. Bien, el resultado de aplicar este valor a las distancias de un Ironman me daba un gasto superior a las 12.000 Kilocalorias a lo largo de la prueba. Los que saben de esto dicen que no se podrían ingerir más de 4.000 en el mejor de los casos. Yo en un cálculo grosero había planificado por toda ingesta unas 1.500. A partir de ese instante replanifiquè de nuevo.


No habían los hados terminado de jugar conmigo. Meses atrás una molesta infección uretral me hacía perder el líquido elemento a raudales cual si manantial yo fuese, llevando a visitar al señor Roca o familiares tan asiduamente de día como de noche. Pues el maldito COCO (Staphilo creo que de nombre) vino con toda la parentela de nuevo a visitarme la última semana. Yo en mi ignorancia pensé el martes y miércoles que seguramente el caudal de micción habría aumentado fruto de la retención de líquidos previa y la disminución de entrenamiento de la semana. El jueves ya caí en la cuenta, tamaño número de visitas a la loza podría deberse a mi querido COCO. Tras no pocos obstáculos conseguí el antibiótico que me libró de las visitas la vez anterior. Quizá podría evitar la deshidratación.

Claro que a lo largo de la semana, lo de la “hidratación” parecía que no iba a ser un problema. El riesgo de lluvia había ido aumentando paulatinamente desde el 35% el domingo anterior hasta una previsión del 80% el jueves. De hecho lo previsto era que la dichosa “gota fría” estuviese justo encima de Barcelona hacia el fin de semana. Más MIEDO.




Ya metidos en harina

Viernes 28 de Septiembre.

 A pesar de que Sergio me dejó el portabicicletas para el maletero, aún no lo había probado con una bici. Caía agua a lo largo de todo el trayecto hasta Calella. Con estos precedentes tome una difícil decisión, desmontar la bici, y llevarla dentro del coche. Solo faltaba que se me descojonara o se callera en medio de la carretera.
Llegamos a Calella con viento que te levantaba del suelo, lluvia y un pronóstico para preocuparse. Tenía molestias estomacales, culpaba a los nervios que se me habían agarrado al estómago. En cuanto al COCO, no parecía que el antibiótico estuviese pudiendo con él.

Sábado 29 de Septiembre

Al intentar salir del hotel para ir a recoger el dorsal, nos encontramos con la sorpresa anunciada de la lluvia. No llovía, jarreaba, tras veinte minutos de espera, decidimos salir, no parecía con intención de aflojar. Con la mochila de la Challenge empapada en la espalda nos volvimos al hotel, teníamos que cambiarnos, estábamos empapados. Tras el Briefing que tuvo que ser en Catalán ya que el de cristiano había pasado, vuelta al hotel. No tenía más calzado ya que el de la carrera. Para poderme poner algo seco me puse unas zapatillas de Carmen, dos números más pequeños.

La lluvia y el viento no cesaban, y mi ansiedad, miedo y cabreo se incrementaban por segundos.

Si bien hasta este sábado había dudado de que esto de los Runners fuera de verdad un grupo, cambié radicalmente de opinión, nunca me he sentido tan apoyado. Fue aquí donde me salió el segundo mantra del viaje. ¿Quién dijo que esto iba a ser fácil?, me lo repetía y lo repetía en voz alta después de cada “ataque” de cabreo.

Carmen después de dos días de paliza y sin su rehabilitación del brazo, lo tenía que parecía una pierna en lugar de un brazo, pero aguantaba el dolor. Sin embargo la ansiedad y el miedo también la estaban pudiendo, “tanto esfuerzo para esto”.

Más leña al fuego. Al volver de la cena, Bea, que se había quedado en Madrid, nos llamó y nos dijo que había tenido que volverse del curro y que no paraba de vomitar. Conseguimos que el médico fuese a verla y mi santa madre a cuidarla.

Como la cena fue eterna y encima fuimos tarde se hicieron las 12:30, hora en la que nuestros educados vecinos anglosajones de habitación decidieron comenzar su particular juerga. La juerga duro casi hasta la hora de levantarme, por tanto dormí cerca de …………..nada.

La hora de la verdad.

Domingo 30 de Septiembre.

A las cinco en punto me levanté y me fui a desayunar, no me atrevía a asomarme a la ventana, no parecía que lloviese. Decidí tomar solo una tacita de café para no aumentar el efecto COCO, como no había fruta en el buffet, me preparé un par de tostadas, solo pude con la primera. Carmen lo tenía claro, lo del estómago no eran solo los nervios, el antibiótico también estaba haciendo su efecto. No me lo tomé esa mañana, que gran acierto.

Con el estómago bailando, sin haber ingerido todo lo que me hubiese gustado y tras repasar bici y enseres por última vez, emprendí el camino de boxes subido en mi flaca. No llovía, no hacía mucho viento, era increíble. Llegué a boxes, dejé la bici en el “charcal” con moqueta en que se había convertido aquello.

Me fui a cambiar, faltaba más de una hora, afortunadamente me encontré con dos miembros del club Aguaverde con los que me puse a hablar, conocían a mucha gente por allí y conversaban con todos sobre tiempos, planes……….puffff que agobio. Mis nervios y mi estómago estaban a punto de matarme. “Yo quiero estar ya en el agua”.

Salimos hacia la cámara de llamadas. Aunque no me apetecía ni pizca, me metí en el mar para que no se notara que tenía que volver a “calentar” el neopreno (ya había perdido la cuenta de la veces que había orinado). Vi con preocupación cómo los Pros y las Chicas ingerían geles y bebidas calóricas antes den irse a nadar. Yo había desayunado poco, no podía meterme nada y tenía náuseas. El MIEDO con mayúsculas y en negrita corría por todo el cuerpo, era angustioso. Además me sentía cansado, inseguro, no había dormido.

Por fin cámara de llamadas. El speaker nombra UNO a UNO a todos los Pros, por favor que acabé yaaaaaaaaaaa. Salen los Pros, las Pros, el resto de las chicas. Nos toca a los abuelos.
Allá vamos. los primeros doscientos se me hacen muy cortos, cuando el Garmin dice que llevo 500 lo miro y me quedo helado. 7:50, no puede ser y si es, tengo que ir más despacio. Sigo nadando y veo que no me tuerzo, voy bien, empiezo a coger chicas. El segundo quinientos ya es más razonable 10:02, empiezo a sentir OSTIAS por todas partes, ya me han cogido los primeros de los grupos de edad. En el giro del 1.650 una aguadilla y un “SORRY”. Cien metros y empieza el retorno. Vuelve a  haber mucha gente alrededor. Nunca entenderé porque si apenas damos patada cuando vamos con el neopreno en “un larga distancia”, basta que le toques los pies a alguien o que te adelante para que empiece a patear como un poseso. 2.000, me dan arcadas, no he tragado agua pero me dan arcadas. Si no fuese porque estoy en medio del mar, me bajaba. 2.500, me amenaza un calambre en el gemelo izquierdo, no puede ser. 3.000, otra vez náuseas. Empiezo a ver la boya que da el giro a la playa. 3.500, solo queda llegar a la playa, se hacen eternos los 300 últimos.

Tras salir del agua, veo que he hecho mucho peor tiempo del que esperaba 1h 23. Voy andando, primera prueba superada. El estomago sigue mal. En la carpa saco las cosas de la bici. Iba preparado para el frio y la lluvia, tengo que seleccionar lo que me pongo: Culllot, Mallot y manguitos. No es fácil ponerse la ropa tan ajustada estando mojado, de hecho el mallot se atasca y gracias a otro triatleta puedo bajármelo por la espalda. Los cristales de sol de las gafas para cambiarlos no aparecer, más nervios.

He tardado una eternidad pero ya salgo, voy a por la bici, sin equivocarme de box, raro en mí. A pesar de haber conseguido desarrollar la habilidad de evacuar mientras nado (lo hecho he dos veces), necesito pasar por los servicios que hay al final de boxes.

Salgo con la bici, comienza el sector en bicicleta y mi habitual pelea con los Garmin. Tengo la sensación de que no ha funcionado bien. Intento arreglarlo y en la primera curva casi me llevo a un tipo en una cabra que me dijo de todo en un idioma que no entendí (no era catalán). Me paré, puse el Garmin en la flaca y lo inicié como si fuese sólo bici. Tenía frio, ya iba carretera adelante a por la siguiente etapa de mi viaje.

A partir de este instante se hizo patente mi esquizofrenia. Tenía a mi ángel y a mi demonio subidos uno en cada hombro. :

-No vas fino, te sientes cansado, tienes frio, esto no tenía buena pinta, vas a tener que dejarlo.
- Bueno si el estómago se asentara un poco, cogerías fuerzas comiendo y todo iría mejor.

Esta batalla iba en la cabeza, empecé a beber de mis fórmulas y parecía que el cuerpo aguantaba, me comí una barrita-bomba que yo llevaba y el estomago no solo aguantó si no que parecía que iba a mejor. Pero aunque pueda parecer mentira, en una bajada me sentía somnoliento y llegué a cerrar los ojos mientras bajaba y daba pedales.

A partir de aquí, llegué al primer avituallamiento, cogí geles, seguí con mis bidones y fui a mejor. Empezó a perder voz el Pepito Grillo negativo. La vuelta hacía Calella empezó a ir mejor, se pasó en un suspiro. Llegaba a Calella y el primer avituallamiento de mis chicas no estaba donde esperaba. Me llegó de sopetón, tuve que parar para cambiar mis bidones “mágicos”. Llegué a la rotonda, ya tenía la primera vuelta.

El trayecto de la segunda vuelta se me hizo más corto, sin embargo el viento soplaba con más ganas a medida que avanzaba. No importaba, a la vuelta lo llevaría a favor. Cada vez iba mejor, llegue al 113 y me otorgué el primer premio. Carmen y Sandra me habían dado en el avituallamiento de Calella una bolsita además de los bidones. La  bolsita llevaba dentro tres medias noches untadas con mantequilla y un par de lonchas de pechuga de pavo. Me supo a gloría, después de tanto dulce el contraste y masticar era un placer.

Sé que costará trabajo creerlo, pero cuando discurría el kilometro 125, aproximadamente, oí a mi derecha el ruido de una nueva bici dispuesta a adelantarme. Giré la cabeza para ver cómo un señor que de gran, no grandísima, envergadura me adelantaba. El individuo en cuestión debía superar los dos metros con holgura, y su diámetro era semejante al del muñeco de Michelin, no al moderno, al antiguo, seguro que superaba los 150 kilos de peso. Vestía una enorme camiseta color naranja chillón en la que se podía leer en letras grandes “DUFF BEER”. Más tarde volvería a encontrármelo. Afortunadamente hace años que aprendí a respetar todo, a no menospreciar a nadie en carrera y a seguir a mi ritmo. Eso hice, aunque he de confesar que lo primero que me pidió el cuerpo fue no dejarme adelantar por ese señor.

Pocos kilómetros después al pasar Mataró el cielo comenzó a tornarse oscuro y a arreciar el viento, la lluvia hizo su aparición, si bien no molestaba era fina, el canguelo atacó de nuevo.

Durante varios tramos del trayecto pregunté en varias ocasiones la hora a algún espectador, seguía obsesionado con llegar antes del corte. Estuve todo el tiempo pensando que más temprano que tarde desfallecería e iría más despacio. En esto llegué al cruce de la glorieta donde se giraba para la tercera y última vuelta (LLagostera). Yo aún retornaba de la segunda, pero me animó volver a encontrar tanto competidor en la carretera. Fui volado hacía Calella, volví a ver a mis chicas, esta vez el avituallamiento fue mucho mejor. Ni ellas ni yo nos lo podíamos creer, ya llevaba más de 140 kilómetros.

La tercera y última vuelta, era mucho más corta y la afronté con “la seguridad” de que ya no me quedaba sin llegar, eran las cuatro y cinco. Treinta y tres kilómetros por delante. Llegaba antes de las seis, seguro. Esto me animo sobremanera y la lluvia que volvía a caer no me molestó. Una vez empezó el retorno de la tercera vuelta hacía Calella me dediqué a contar los que quedaban por detrás, aún eran más de treinta, y yo ya estaba entrando en el último tramo de 3 kilómetros hacía boxes.

Cierto es que este tramo se me hizo eterno, con las revueltas por el caso urbano hasta boxes. Allí estaban mis chicas, preguntándome cómo estaba, inquiriendo con la mirada, buscando signos en mi rostro. “Estaba de maravilla”. Cuando bajé de la bici, no sabía andar, eso me hizo torcer un pelín el gesto, lo que les llevó a confusión. Luego se disiparía.

Esta vez la transición fue vista y no vista. Salí trotando a una babel de corredores, se oían gritos y ánimos en muchos idiomas, se veían todo tipo de rostros, concentrados, doloridos, sufridores, …. Vuelta a ver a mis chicas. Sandra gritó “Animo Papi ya solo queda el maratón”. Es cierto, yo pensé lo mismo ya solo me quedaba el maratón. He hecho bastantes, 18, quizá ahora debería decir 19, y al acometerlos se me hacían un mundo. Sin embargo, entonces “sólo” me quedaba el maratón y así lo sentía.

Me dije a mi mismo que la primera vuelta iría corriendo, despacio pero corriendo. Me impuse un ritmo cómodo, me “enrollé” a hablar con una mujer del Club Calella Triatlón, habíamos coincidido al salir de una “parada técnica”, sin embargo era su segunda vuelta. Fuimos media vuelta juntos charlando hasta que me di cuenta de que a lo mejor prefería no tener mi compañía. Seguí adelante y nos perdimos (nos veríamos más tarde). Llevaba un cómodo ritmo por encima de 6 minutos/kilometro. El cuerpo y el coco me pedían ir más rápido. No me atreví. Al final de esta segunda vuelta me repetía que si aguantaba sin pararme una segunda, antes terminaría y así no se me haría largo. Luego ya andaría en las dos últimas.

Nunca me gustaron las carreras que son vueltas a circuitos. Esta vez sin embargo las vueltas se convirtieron en un acicate. Veías a tu gente más veces y pasabas “casi” por la meta en cada vuelta, viendo como entraban tus compañeros de fatigas. La segunda vuelta empezó con un regalo, un ibuprofeno que me dieron mis chicas. Hasta entonces no me había atrevido, el sueño de la bici y el estómago, me prevenían contra complicaciones con el ibuprofeno. No obstante las rodillas me decían que iría bien. Decidí tomarme un gel y un poco de agua y probar. Me sentó bien, seguía con ese punto de angustia, pero no desfallecía. Me tome el ibuprofeno, seguí corriendo. Llegamos al retorno de la segunda vuelta. Tenía ganas de andar, pero simplemente me repetí, “paso a paso” una vuelta más y las dos últimas aunque las hagas a gatas llegas en tiempo.

Al terminar la segunda vuelta ya habían menos corredores. Me vi obligado a hacer una nueva “parada técnica”. Nuevo gel y un poco de agua. He de decir que había puestos de avituallamiento cada 2,5 Km y que desde que probé en la segunda vuelta, en cada uno caía un gel y medía botella de agua. El ibuprofeno me sentó de cine, ahora creo que eso fue lo que me dio luego alas. Estaba acabando mi segunda vuelta. Mis chicas de nuevo me animaron. Me acordé de una compañera, recién llegada al mundo del running que en la Vig-Bai me dijo haber leído “El Dolor está garantizado lo de sufrir o no, depende solo de ti”. Es cierto, Sufrir en sentido estricto. Lo que nosotros llamamos sufrir, no es sufrir. Nos duele, lo sabemos y lo superamos, NO SUFRIMOS. Yo este 30 de Septiembre no iba a sufrir. Tercer mantra.

Era la tercera, y ya empecé a oírme diciéndome, “ya lo has conseguido”. Diciéndole a la meta, “espérame que ahora vuelvo”. “Bueno, ahora sigues trotando hasta salir de Calella, que las chicas te vean correr”, me decía. El “Diablillo prudente” (ya no era negativo), del  hombro repetía “paso a paso, aún es pronto”. Decidí  ir “walk&run” 5 minutos corriendo y uno andando. La primera vez que fui a parar fue en el avituallamiento de después de meta. Pero sin darme cuenta tras ingerir el gel y el agua ya estaba trotando otra vez. Me dije que mientras pudiese correr era tiempo de estar en danza que me ahorraba. Era de noche, lo había visto en los videos de Hawai, y me encantó. Había soñado con momentos así. En la carretera de Santa Susana (Punto de retorno), no había ni farolas, pero la organización colocó dos potentes grupos electrógenos que casi conseguían evitar la oscuridad. Durante el retorno me decía,  ya, ya lo has conseguido, estaba eufórico. Pero “el prudente” decía “si aún te quedan 19 km”, “un tirón o cualquier otra cosa acabarían con todo, Tranquí despacio”.

Sentí una sombra detrás de mí, casi no respiraba. Aceleré un poco, allí seguía. Bajé el ritmo, allí estaba. Me paré en un puesto de avituallamiento, sin mirar atrás, pero sentí cómo se paraba sin medrar la distancia. Aguanté unos segundos de más antes de volver a empezar a correr, la presencia continuaba a mi espalda. Torné a trotar de nuevo, y continuaba al mismo ritmo que yo. Miraba de reojo pero sólo percibía una sombra. Así durante 4 kilómetros. Si adelantaba a alguien, allí estaba. Si aceleraba, allí estaba. Si paraba en el avituallamiento, aún me seguía. Al entrar en la zona de boxes de Calella, la presencia se materializó en un veterano triatleta que me dijo que era Lituano y que me dio las gracias por llevarle hasta la meta, era su última vuelta a mi aún me quedaba otra para disfrutar.

Nueva “parada técnica” al inicio de la última vuelta. Otro ibuprofeno y a disfrutar de cada paso, ya no me plateé siquiera si andaba o no, simplemente iba, simplemente sabía que cuando llegara a Santa Susana, solo me quedaría la vuelta, que además era un poco cuesta abajo. Que no había parado de “recoger cadáveres” y los treinta que contaba en la bici, se convertían en más y más. Eso también me animaba. En la mitad del retorno, oh ¡!!!!Sorpresa!!!!, me volví a encontrar a mi “amigo” de la camiseta naranja. Si, el de DUFF BEER, corría dirección Santa Susana, nos saludamos y extendió la mano para chocarla. Tuve que saltar, y no soy bajito. Como ya decía, años a, aprendí a respetar a todos los que salen a correr aunque solo sea por eso. Pero esto era el máximo que he visto, este “HOMBRE” estaba acabando un Ironman.

Enfilé la gran recta, antes de llegar al circuito de boxes, y sorpresa, empezaron los fuegos artificiales en el horizonte. Disfruté mirándolos mientras corría. Luego me enteraría por Carmen y Sandra, que poco después a la vez que los fuegos estallaban, comenzó a sonar mi himno de guerra, “Highway to Hell” de ACDC. Según la tabla de tiempos que les había dado, y que hasta entonces había clavado, tocaba que entrara en ese momento.

Sin embargo, a mi aún me quedaba, casi dos kilómetros. Cierto es que hubiese sido ideal, pero no menos cierto, que después de los fuegos empecé a acelerar el ritmo, para acabar con el ritmo más rápido de todo el maratón.

Entre con mis chicas cogido de la mano. Lo habíamos conseguido. Si habíamos, todos. En mayor medida ellas dos que yo. Lo de ellas con mayor mérito si cabe, como dijo mi “amigo Ramón” de “Cualquiera puede conseguirlo”. Yo me había entrenado para esas 14 horas, ellas no. Y también aguantaron.

Me cambié, recogí los trastos, y nos fuimos paseando al hotel. Tras una ducha estuvimos de cañas hasta tarde. Jamás pensé que lo acabaría, pero mucho menos así. Fueron 14 horas, pero también un segundo. Hasta que no estábamos con la primera jarra de cerveza en la mano, no caímos en que habíamos empezado a las cinco de la mañana una aventura que nos había llevado hasta las 10 y pico de la noche. Se hizo muy corto.

Después de esto no he parado de preguntarme si fue mi mente la que me hizo fuerte, o ha sido la mente la que durante estos meses ha hecho suficientemente fuerte al cuerpo. La única conclusión a la que he llegado me la dio el chubasquero que vestía Sandra el sábado mientras llovía a cantaros. En la espalda llevaba la leyenda “Al mal tiempo buena cara” rubricado con una sonrisa enorme. Un regalo del maratón de la Expo de Zaragoza.

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